Terapia Gestalt

Gestionar la rabia para empoderarnos

rabia y empoderamiento

No deja de ser sorprendente cómo a pesar de vivir en la época del individualismo, seguimos todavía subconscientemente fijados a antiguas ideas, de herencia religiosa, que influyen y marcan la forma como nos relacionamos. Con tanto «amor al prójimo», no nos han enseñado a cultivar en las relaciones el debido respeto hacia nosotros mismos y hacia nuestras necesidades. Así, por causa de olvidarnos a nosotros mismos, puede aparecer la emoción de la rabia en auxilio como una forma de compensación. Sin embargo, lejos de haber aprendido a gestionar la rabia, nos han enseñado a reprimirla sin siquiera escuchar que nos quiere decir. Las explosiones de rabia son por lo general una señal de que no nos estamos escuchando lo suficiente y no nos permitimos contactar con nuestra necesidad. 

 

Molestia, enfado, rabia, ira, odio, agresión y violencia… básicamente hablamos de una misma cualidad en distintos niveles de intensidad. La gran mayoría de nosotros hemos sido educados en sociedad bajo la idea que emociones como la rabia y sus semejantes son lo contrario a cualidades positivas que debamos cultivar. Se las considera motivos por los cuales nos volvemos desagradables, egocéntricos e indignos de amor. De esta manera, se nos ha dicho que la persona buena es la complaciente, la sonriente y amable con el otro. Del mismo modo, hemos aprendido que el niño bueno es el niño obediente, el que se somete a lo que supuestamente debe sin atisbo de (rabiosa) rebeldía: el niño que, más allá de su apetencia, da dos besos cuando le piden; el que no se queja cuando a la hora de comer no tiene hambre; el que es capaz de aceptar que ese juguete en ese escaparate ahora no lo puede tener; en definitiva, el que aprende a reprimir su impulso natural egocéntrico propio en el ser niño mismo. 

 

Anticipemos que hablar de la represión de la rabia es hablar de la represión de algo que está pujando fuerte en nosotros y quiere salir. ¿Qué es lo que con tanta vehemencia está reclamado su espacio? La rabia, por su propia naturaleza, manifiesta en efecto un impulso natural y vital que denota fuerza y poder; es la fuerza del deseo, de ser nosotros mismos. En un juicio negativo a la rabia, se la puede etiquetar como “egocentrismo” e incluso una violenta y despótica imposición de nuestra voluntad sobre los demás – con frecuencia, en nuestra infancia nos enseñan a sentirnos culpables por ello. No obstante, no debemos enjuiciar la rabia, sino aprender a gestionar con maestría esta emoción. Que esta emoción sea algo «bueno» o «malo» depende de las circunstancias particulares de cada situación. Hay situaciones en las que es conveniente que haga acto de presencia; por tanto, conviene que abandonemos nuestros prejuicios acerca de ella y la veamos también en su aspecto positivo para comprender cuándo, cómo y en qué grado usarla.

 

Como verás a continuación en este artículo, la rabia, aunque en ocasiones pueda ser una respuesta excesiva o inadecuada, lo cierto es que su función siempre es la de empoderarnos y reafirmarnos ante el entorno y ante el otro, resultando ser una reivindicación de lo que somos, de nuestras necesidades, sentimientos o pensamientos. Metafóricamente la podemos ver como un gritar ante quienes quizás previamente han hecho oídos sordos a lo que decíamos. ¿De quién es entonces el problema, de quien grita o de quien no quiere escuchar? Pero, yendo más lejos – y por tanto más adentro de nosotros mismos – la pregunta es: ¿a nosotros mismos nos escuchamos? 

 

Aprender a reconocer nuestra necesidad y expresarla adecuadamente.

Antes de considerar el gestionar la rabia, puedes plantearte algunas preguntas a modo de invitación para investigar cómo es particularmente esta emoción en ti. Quizás te parezca que la rabia no va contigo; no obstante, te invito a mirarte con sinceridad, pues la represión de la rabia, así como la represión de cualquier otra emoción, se caracteriza precisamente por el hecho de que nos mantiene en la ilusión de que algo que no nos gusta no está ahí cuando en verdad se encuentra muy presente. ¿Cómo es pues la rabia en ti? ¿te la permites? Puedes preguntarte antes que nada qué ideas tienes acerca de esta emoción. Por otro lado, ¿tiendes más a enfadarte contigo mismo, o tiendes más a hacerlo con los demás? Y cuando sucede lo segundo, ¿te permites manifestárselo o te cierras a esa posibilidad y te guardas tu enfado? ¿En qué contextos (familiar, laboral,…) o con qué personas te permites el enfado, y con cuáles no? Observar sin juicios nuestra forma de funcionar en este asunto es clave antes de que nos plateemos de qué manera podemos empezar a gestionar mejor la rabia. 

 

Aunque seguro que conoces a personas con mucha tendencia a permitirse el enfado, lo más frecuente en la mayoría es la actitud «civililizada» de no enfadarnos y reprimir la rabia tanto como a nosotros mismos. La contradicción se encuentra en que cada uno de nosotros somos únicos; y sin embargo, somos muchos los que con frecuencia no nos permitimos manifestarle al otro el desacuerdo o, simplemente, el propio deseo, por no generar un conflicto. Muchos tememos el conflicto. Si este es el caso, podemos investigar qué ideas e imaginaciones sustentan estos temores. ¿Qué imaginamos que podría suceder que tanto tememos? ¿Es realista o una proyección fantasiosa? El camino de descubrirse y transformarse se sustenta en hacerse las preguntas adecuadas para que se nos abra la puerta y podamos vernos a nosotros mismos. 

 

gestionar la rabia para poner límitesPara no caer en simplicidades, el cuestionamiento acerca de cómo gestionar la rabia y el enfado ha de remitirnos a una pregunta más esencial, pues el asunto que hay en el fondo de la rabia no es la rabia misma, sino el respetarnos a nosotros mismos en lo que somos y en nuestras necesidades. La rabia actúa como un contrapeso cuando no lo hacemos, y es pues precisamente cuando no nos escuchamos en su debido momento que podemos llegar a sentir y acumular ira, como una forma de poner límites, de encontrar nuestro espacio, de expresar. Si nos niegan o nos negamos a nosotros mismos, si negamos nuestras legítimas necesidades y deseos, esto puede volverse en una manifestación extrema a través de la rabia. Así pues, la rabia incontrolada – si llega a suceder y no deriva en otras emociones o somatizaciones – es en muchas ocasiones el resultado de un movimiento psicológico pendular, del contrapeso a un extremo para acabar en el otro extremo. Vamos así del silencio total al grito violento, de la autonegación de nosotros mismos a la violenta autoafirmación, y cuando esto sucede así entonces no hay términos medios. Esta no es desde luego la mejor forma de gestionar la rabia, y sin embargo es muy frecuente que esto suceda, porque nos han enseñado demasiado bien a reprimirnos. 

 

Psicológicamente, lo reprimido, lo negado, se vuelve más fuerte y poderoso adquiriendo dimensiones desproporcionadas sin que nosotros seamos siquiera conscientes. Puedes imaginarlo como tratar de sumergir un corcho bajo el mar: contra más hondo logres esconderlo en el fondo marino de tu inconsciente, con más fuerza acabará resurgiendo a la superficie de la consciencia. Vale también la imagen de una presa que se va llenando de agua y, de pronto, una última gota la colma, haciéndola estallar y derramando violentamente toda su agua. Con frecuencia, somos nosotros mismos nuestros peores enemigos; muchas veces nos cohartamos, nos callamos para no molestar, sin que en verdad en el otro haya siquiera el deseo de que nos mantengamos en una actitud pasiva. Para que esto no suceda, debemos, en primer lugar, descubrir aquellas ideas propias que condicionan nuestra personalidad, que llaman a oprimirnos, reprimirnos, así como también a no poner límites al otro cuando debemos hacerlo, por tanto aquellas ideas que nos dificultan ser nosotros mismos con autenticidad. Esa autenticidad, ese reconocer nuestra necesidad a su debido momento, es lo que nos previene de manifestaciones más fuertes y extremas de nosotros mismos en compañía de la emoción de la rabia. 

 

gestionar agresividad con asertividadEmpezar a reconocer nuestras necesidades y permitírnoslas, para aprender a comunicarlas prontamente sin esperar a un estallido reivindicativo, es un trabajo esencial, pero no por ello fácil ni de resultados inmediatos. Debemos descubrir nuestras propias trabas, y habiendo realizado este trabajo de base con nosotros mismos, podemos aprender a calibrar mejor en qué circunstancias y términos conviene decir las cosas. Quizás a veces debamos decirlo «un poco más alto», o incluso «gritando», si es pertinente, pero siempre estando conscientes de cuál es la verdadera situación conflictiva y de cuál debe ser nuestro papel en ella. Se trata de reconocernos a nosotros mismos, de aprender a encontrar el correcto término medio para cada circunstancia, la correcta intensidad, para expresarnos asertivamente, siendo ante todo capaces de respetar nuestra necesidad pero sin olvidarnos que frente a nosotros tenemos a un igual.

 

Referencias:

Rosenberg, Marshall: El sorprendente propósito de la rabia. Más allá de la gestión de la rabia: descubrir el regalo. Editorial Acanto, 2005.

https://diariodeunamami.com/2015/01/22/hasta-las-pelotas/  (Imagen principal)

https://lalunadealcala.com/pasopalabra-por-anabel-poveda/  (Imagen)

https://blogdecamipaz.wordpress.com/2016/01/27/asertividad-me-respeto-y-te-respeto/  (Imagen)

 

2 comentarios en “Gestionar la rabia para empoderarnos

  1. Me ha encantado el artículo! Muy bien explicado.Que importante es ser consciente de nuestras necesidades y tener el foco en nosotros para no envenenarnos con esta emoción.Gracias por recordarlo 🙂

    1. Gracias a ti Leticia 🙂 Me alegro mucho que te haya gustado y servido el artículo.
      Sí, ser conscientes de nuestras necesidades y respetárnoslas convenientemente es el antídoto perfecto que nos previene de terminar expresándonos desde el sentimiento de enfado y rabia.

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