Terapia Gestalt

Los excesos en la búsqueda de la felicidad y del placer

persecución y búsqueda del placer

Alegría y tristeza, dos emociones básicas que coexisten complementariamente como las dos caras de una misma moneda, aunque a la mayoría de nosotros nos gustaría quedarnos sólo con una de ellas y desechar la otra. Imposible, tal como no puede existir la noche sin el día. Sin embargo, solemos perseguir estados de felicidad y alegría mientras que huimos de aquellos que nos producen dolor y tristeza. ¿Hasta qué punto el estar constantemente en la búsqueda del placer y la felicidad puede convertirse en la causa de nuestro sufrimiento?

 

Dos tipos de Placer-Dolor

En efecto, desde un punto de vista biológico, los seres humanos, en tanto que animales mamíferos, disponemos de estructuras neurológicas (zona media o límbica del cerebro) que nos predisponen a una conducta basada en la búsqueda del placer y la huída del dolor. De forma concreta, aunque el cerebro es una totalidad interconectada, podemos decir que existen regiones específicas del cerebro que son directamente responsables de hacernos sentir placer y dolor. El núcleo accumbens, un grupo de neuronas que se encuentra en la zona límbica del cerebro y al que se ha considerado como el “centro del placer”, libera grandes cantidades de dopamina cuando estamos alegres y reímos; pero también, de forma general, cuando en nuestras vidas se da cualquier evento placentero, deseado por nosotros. Este núcleo es considerado como un elemento de máxima atención si lo que queremos es explicar la felicidad humana y se sabe científicamente que es parte fundamental del circuito de premio-recompensa. ******

 

accumbens amígdala placer dolor
Cerebro límbico-emocional

En el otro polo, aunque también en la zona límbica del cerebro, nos encontramos con la amígdala, una región del tamaño de una almendra que es la principal protagonista en el procesamiento de la emoción de la tristeza y, de forma general, del dolor, así como una respuesta evitativa de éste. A diferencia de la gran mayoría del resto de animales mamíferos, los humanos no sólo experimentamos dolor cuando nuestro cuerpo está involucrado en el caso de, por ejemplo, cortarnos con un cuchillo mientras estamos cocinando. Más allá de lo estrictamente fisiológico y corporal, los humanos experimentamos recuerdos y pensamientos que nos pueden causar también una sensación de dolor, que muchas veces percibimos bajo el sentimiento de la tristeza. La ciencia sabe que desde un punto de vista neurológico, el dolor que nos causa un corte en el dedo no es significativamente distinto al dolor que sentimos cuando, por ejemplo, sufrimos un rechazo social porque, de hecho, muchas de las regiones del cerebro implicadas en el primer caso también lo están en el segundo. 1

 

Así que conceptualmente podemos distinguir pues entre un placer y un dolor más estrictamente fisiológico, de naturaleza «corporal» o “animal” – como cuando tenemos un orgasmo o cuando nos cortamos con un cuchillo, respectivamente  – y otro más de tipo psicológico, más genuinamente humano, que involucra lo “psíquico” – ideas, recuerdos, pensamientos y, en definitiva, nuestra identidad – esto es, las regiones del neurocortex, la parte del cerebro que ha evolucionado más tardíamente y que es la que nos hace más propiamente humanos. 

 

Relativismo en el placer-dolor «psicológicos»

Como humanos, nos encontramos siempre en la búsqueda y persecución nuestra propia “idea del placer”, que viene a ser lo mismo que nuestra propia idea de lo que la felicidad es. En tanto que somos distintos y tenemos motivaciones y preocupaciones distintas, las cosas que perseguimos y nos causan placer son también distintas. Esto es así hasta el punto que lo que para algunos puede ser motivo de agrado, placer y alegría (por ejemplo, participar en una reunión social) para otros puede ser motivo de desagrado y angustia (puede serlo esa misma reunión social para alguien especialmente tímido e introvertido). Así que, lo primero que debemos advertir es la dimensión subjetiva del placer y del dolor psicológicos, lo cual es un primer nivel de relativismo. Más allá de lo estrictamente biológico, es difícil encontrar placeres absolutos, porque estos dependen de cómo sean nuestras mentes y cerebros condicionados por la cultura a la que pertenecemos, así como nuestras vivencias personales.

 

Otro importante punto, como efecto colateral de la búsqueda del placer, se encuentra en que las mismas cosas que nos causan placer y por tanto perseguimos, son las que pueden llegar a causarnos altas cotas de dolor. Para la mayoría de nosotros, un mejor empleo o encontrar la que creemos que es nuestra media naranja nos causará altas cotas de alegría y felicidad. Y al mismo tiempo, perder ese mismo empleo o la ruptura con la persona amada nos pueden llegar a sumir en una honda tristeza. Podemos apreciar como aquello que potencialmente más placer y alegría puede generarnos, como podría ser la alegría al ver nacer a un hijo, es también aquello que potencialmente puede generarnos el mayor de los dolores – si sucediera su infortunada muerte -, sumiéndonos en una profunda tristeza. 

 

Existe un tercer nivel de relativismo que, en este caso, resulta esperanzador. Hablar de relativismo es en gran medida hablar en términos comparativos. Por ejemplo,  si tenemos un nivel de ingresos medio quizás nos puede parecer poco, insuficiente, si nos comparamos con las rentas más altas. Esto puede ser base para albergar sentimientos de insatisfacción, tristeza y frustración. Por el contrario, con el mismo nivel medio de ingresos, si nos comparamos en relación a aquellos que tienen bajos niveles de renta podemos encontrar motivos para la alegría y la satisfacción con lo que ya tenemos. Una emoción o la otra pueden darse pues exactamente ante las mismas circunstancias y con la misma persona, dependiendo del punto de vista con el que lo tomemos. Como decíamos, este tercer punto resulta especialmente esperanzador, ya que nos revela que la felicidad o infelicidad que sintamos depende en última instancia de nuestra apreciación subjetiva. 2

 

Los peligros de la búsqueda de la alegría y el placer sin límites
epicuro placer
Epicuro de Samos

Si bien en la actualidad el estudio del cerebro ha ofrecido un nuevo enfoque sobre el asunto del placer y la felicidad, la realidad es que las ideas que vinculan al placer con la felicidad son muy antiguas. En occidente las encontramos prontamente en los clásicos griegos y en la filosofía helenística, muy particularmente en la figura de Epicuro y el epicureísmo. La felicidad es definida en aquella lejana época como un estado de placer, y el placer es entonces el bien que perseguimos. Pero, como vamos a ver ahora, es importante que no confundamos placer con deseo – porque el deseo es la anticipación del placer.

El epicureísmo, en tanto que hedonismo, está habitualmente muy mal entendido. Por un lado, debemos notar que si estamos en la búsqueda del placer – esto es, en el deseo – es porque no nos encontramos ya en él, y es por tal motivo que el epicureísmo pretende un estado de placer de acceso inmediato, no dependiente del deseo ni por tanto de circunstancias externas específicas que lo provoquen. Es decir, se trataría de un estado en el que experimentamos placer pero que no involucra «nuestra idea del placer» ni «nuestra idea de la felicidad», algo así como un placer puro. Podríamos asemejar un estado como este a lo que popularmente llamamos «iluminación».

 

La filosofía  helenística se ha referido a este estado de placer por el nombre de “ataraxia”: un estado de calma, que implica una ausencia de perturbación que proporciona un placer tranquilo y sereno. Este estado es algo muy distinto al frenesí del deseo que se encuentra en la persecución de las metas que creemos que nos harán felices. No sólo eso, el epicureísmo, encuentra la forma de hallar este placer plateando su búsqueda de forma indirecta: tratando de evitar el dolor. El asunto pues no es tanto encontrar el placer como evitar el dolor. De esta manera, se entiende que la clave de la felicidad y del placer se encuentra también muchas veces en elegir racionalmente para procurarse el mínimo dolor posible – de forma que en muchas ocasiones es mejor renunciar y evitar un placer que a posteriori tiene todas las de ocasionarnos altas cotas de dolor.

 

La crítica epicúrea de la sociedad de entonces es también de rabiosa actualidad en nuestro tiempo. Vivimos en la sociedad de la opulencia y sin embargo nunca nos sentimos satisfechos. Vivimos en la ideología del consumo como forma de vivir una vida feliz que en realidad no es tal. Consumo, ante todo, de bienes materiales y servicios. Pero también consumo de todo tipo de experiencias, de forma que nunca nos encontramos satisfechos y siempre queremos más. Perseguimos fama, reputación social, poder, dinero, y una idea del amor romántico alimentado por la industria de Hollywood que difícilmente puede encajar en una relación de pareja realista. Al final, terminamos sufriendo en nuestra búsqueda del placer por las «ideas» o situaciones de las que nos enamoramos. 

 

Así pues, todos estos placeres que buscamos no son estrictamente fisiológicos y van aparejados con la consecución de unos ideales, nuestra propia idea del placer que, aunque sintamos propia, es en gran medida es el resultado de condicionamientos sociales. Este tipo de placer que buscamos puede llegar a ser peligroso por acabar causándonos insatisfacción y dolor, porque tal como afirma la ética epicúrea se trata de un placer que carece de límite, es insaciable, y tiene la contrapartida de que nos expone enormemente a las pérdidas, por tanto al dolor: contra más tenemos, más fácil resulta que perdamos algo de eso que tenemos y que tanto necesitamos para sentirnos felices. Tal como explica el neurocientífico Sapolsky en su análisis sobre la búsqueda del placer,

 

 “si estuviéramos diseñados por ingenieros, cuanto más consumiéramos, menos tendríamos que desear. Pero nuestra tragedia humana más frecuente es que cuanto más consumimos, más hambrientos estamos. Queremos más, más rápido y más fuerte. Lo que ayer fue un placer inesperado, hoy lo sentimos como un derecho y mañana no será suficiente”. 3

 

Camino a la felicidad: Apreciar más lo que ya tenemos

De forma concreta al análisis que estamos realizando aquí, consideremos también que el budismo tibetano responde de forma concreta a la pregunta acerca de la felicidad y la satisfacción interior, precisamente también en una llamada en primer lugar a establecer límite a nuestros deseos. Si consideramos la felicidad como la búsqueda de dinero, casas, coches, pareja, cuerpo perfecto y un largo etcétera, puede suceder que con suerte en gran medida podamos obtenerlo, pero tarde o temprano acabaremos encontrándonos con algo que deseamos y no podremos obtener. Alcanzaremos, más pronto o más tarde, un límite, y esto nos causará frustración, insatisfacción e infelicidad. Sin embargo, un segundo camino hacia la felicidad, mucho más fiable, consiste en querer y apreciar lo que ya tenemos 4. De alguna manera, se cumple el dicho popular que no es más feliz quien más tiene, sino quien menos necesita. Este dicho popular lleva a la práctica la máxima que los niveles de felicidad que podemos obtener son relativos, interiores, y que no tienen por qué depender tanto de las circunstancias exteriores en las que nos vemos envueltos. 

 

Si optamos por esta vía del «menos es más» y dejamos de dar tanta importancia a nuestros deseos personales descubriremos otros beneficios. Podemos encontrar así una forma de reducir nuestros niveles de estrés y ansiedad, además de resignificar nuestra vida dando valor a cosas más pequeñas, accesibles, y también más estables. Con frecuencia nos volvemos más afectivos, más emocionales, cultivando lo que de verdad importa y nos había pasado inadvertido: las relaciones con nuestros familiares y demás seres cercanos a nosotros. 

Esta vía nos depara también regalos sorprendentes. Es sorprendente ver cómo paradójicamente sucede con frecuencia que un cierto desapego ante determinadas situaciones o objetos de nuestro deseo, produce el irónico efecto de facilitar que obtengamos aquello que ahora ya no necesitamos tanto. Ahora que ya no nos va la vida en ello, estamos mucho más tranquilos y podemos encontrar mucho más fácilmente la forma de conseguir eso que pretendemos. Esto refleja cómo la propia necesidad y el deseo ansioso de obtener algo, nos tensiona, y se traduce con frecuencia en un impedimento para la realización de ese deseo mismo. Por citar uno de los ejemplos más llamativos de buscar y buscar para no encontrar, tenemos el asunto de la pareja. ¿Acaso no hemos escuchado tantas veces que la persona indicada aparece cuando dejamos de buscarla con insistencia?

 

Y es que difícilmente desde un estado de carencia y necesidad podemos encontrar la abundancia, de la misma forma que la oscuridad no es precisamente la cualidad que vaya a alumbrar una habitación ya de por sí oscura. Es buscando la plenitud en nuestro interior, aquí y ahora, en lo que somos y en lo que ya tenemos, como podemos garantizarnos una vida más tranquila y feliz, capaces de convertir lo pequeño en grande, experimentando un placer mayor menos dependiente de las grandes cosas que tanto nos gusta perseguir.

 

( Este artículo tiene una segunda parte. Puedes hacer clic en este enlace para acceder a ella)

 

Referencias:

1. Sapolsky, Robert: Cómportate. La biología que hay detrás de nuestros mejores y peores comportamientos. pags 35-120. Ed. Capitan Swing. Madrid, 2017.

2. Dalai Lama: El arte de la felicidad. pag. 31. Ed. Penguin Random House. Barcelona, 2016.

3. Sapolsky, Robert: Cómportate. La biología que hay detrás de nuestros mejores y peores comportamientos. pags 105. Ed. Capitan Swing. Madrid, 2017.

4. Dalai Lama: El arte de la felicidad. pag. 35. Ed. Penguin Random House. Barcelona, 2016.

Jufresa, Montserrat: Epicuro. Obras. Ed. Tecnos. Madrid, 2018.

(Imagen portada) https://manuelulldemolins.com/cuando-matas-la-zanahoria-burro-desparece/

(Imagen cerebro límbico-emocional) https://www.psicoactiva.com/blog/nucleo-accumbens-anatomia-funcion/  

(Imagen Epicuro) https://filosofia.laguia2000.com/grandes-filosofos/el-epicureismo

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